“Ain’t No Sunshine”, Woven Hand

El hombre que anda entre los árboles lleva algo al hombro. No sabemos si es un rifle o un banjo. Va de negro y usa sombrero; por debajo del ala le salen los pelos rubios, casi albinos. No sonríe. Si lo alcanzamos, le vamos a preguntar qué tararea. Tiene el aplomo necesario para dar el siguiente paso y la desidia suficiente para hacer de cada paso una proeza. Tampoco sabemos si ignora los graznidos de los cuervos o sólo está en paz con ellos. Falta poco para la cabaña. El cerco que le marcaba el camino se termina. No es un misterio: sabe cómo llegar desde ahí.

“Ain’t No Sunshine” bien podría ser uno de esos arquetipos del blues, de la época de Robert Johnson, cuando no había escribanos en los cruces de caminos que dieran fe de los pactos que los músicos hacían con el diablo. El tiempo y las sucesivas reversiones (entre las que se cuenta una del niño Michael Jackson) habrían terminado por acercarlo a nosotros. Pero el recientemente ingresado al Salón de la Fama del Rock N’ Roll (signifique eso lo que signifique) Bill Withers, no tuvo precursores. Si “Ain’t No Sunshine” nació en un cruce, no fue uno de caminos de tierra, sino alguna intersección de calles en el Harlem, entre condominios de ladrillo cocido y el pavimento empapado por los aspersores. Withers, que trabajaba en una fábrica que hacía inodoros para aviones, dijo que se había inspirado en los reincidentes de la película Days of Wine and Roses, de 1962, y “probablemente alguna otra cosa que le había pasado en su vida, de la que no estaba del todo consciente”.
Originalmente el lado B del single Harlem, los DJs locales lo convirtieron en un hit que charteó alto en las listas de Soul y R&B pasándolo en lugar de su lado A. Quizás puede leerse la canción como la otra cara del espíritu local: frente al poder popular del sencillo, que pintaba la vida de la clase obrera del Harlem, fue la confesión la que abrió a Withers todos los caminos.
Es en este terreno personal, donde los localismos se borran y se alcanza cierta dimensión universal, que cada quien puede volcar sus demonios. Algunos lo hacen mejor que otros. El loco David Eugene Edwards es, por lo menos, uno de los más particulares del rubro. Las etiquetas le son esquivas: le quedan ridículas o bien son demasiadas para sostenerlas. Criado por su abuelo, un predicador nazareno que recorría las iglesias de Colorado para impartir su oficio, cristiano hasta la médula (¿católico? nadie lo tiene muy claro), la carrera de Edwards atraviesa una adolescencia punk, una juventud a la cabeza del trío de country alternativo 16 Horsepower (banda de culto con más banca en Europa que en su tierra natal) y una madurez comandando su propio barco: Wovenhand. Su oscuridad y su estilo preachy le valieron comparaciones con Nick Cave, otro sacerdote oscuro, de fe un poco más cuestionable. El respeto es mutuo e incluso han girado juntos por Estados Unidos. Hoy, además de pelearse con sus fans por Facebook cuando está borracho, Edwards le saca partido a sus nutridas influencias para producir un folk rock apocalíptico con marca personal: si no sabemos el día ni la hora de nuestro final, mejor cantarle todos los días. El góspel temprano sigue ahí, embebido de música india, gitana y medieval. O viceversa.
Entre los tantos caminos que anduvo está el de los soundtracks. Dos, de hecho, para producciones de Wim Vandekeybus y su compañía Última Vez: Blush (2003) y Puur (2005). Andaba ocupado en el primero cuando surgió su interpretación del ya clásico de Bill Withers. Existen dos versiones: la que aparece en su homónimo disco (re)debut de 2002 y la que forma parte del soundtrack en cuestión, una que podría llamarse “extendida”, pero que más bien está inserta en un paisaje sonoro que ofrece a quien no vio la película un escenario sobre el que colocar a este trovador de humor tan sombrío (o “de muy mala hostia” como puede leerse por ahí).
Esta es la principal diferencia con el original: el cover de Edwards tiene una impronta fúnebre, suena a la doom march (“God’s Gonna Cut You Down” de Johnny Cash, para más referencias) de un hombre hacia su tumba. Es un hecho, las tonalidades menores no llevan a finales felices, pero suponemos que si ella no vuelve con Bill Withers, él puede paliarlo con una dosis de swing, y en caso de que sí lo haga, ser un feliz reincidente: …oughtta leave young thing alone/ but ain’t no sunshine when she’s gone. No pasa lo mismo con Edwards: ella no volverá, y él va a comentarlo con los cuervos en la galería delantera de su casa. La instancia es de confesión: quizás sea un reincidente, pero la canción expía y funciona como purga. Si cae, alguien lo va a atajar del otro lado. Hay triunfo en su marcha hacia el cajón.

Lo que lleva al hombro quizás sea un rifle y un banjo. Cruza el claro delimitado por árboles escuálidos y se detiene frente a la galería delantera de la cabaña. Los cuervos que lo sobrevolaban se posan en el techo. De su abrigo saca una biblia y una petaca. Claramente es un predicador. No sabemos qué tan ortodoxo, pero puede que estemos a punto de averiguarlo. Apoya la biblia en el suelo y le echa encima un chorro de whisky. Luego extrae el instrumento de la funda y enciende un fósforo con el dorso.

Juan Ignacio Solari

Bill Withers

 

Woven Hand

 

Woven Hand (alternativa)