“Bésame mucho”, Oscar Alemán

Un par de semanas atrás, cuando se puso de moda hablar de los nazis y del tratado de Versalles, de Keynes y de la inflación que provocó la guerra (lo que sucede, en realidad, porque la guerra viene mezclada en todas las cosas), me acordé de Oscar Alemán. El padre de Oscar Alemán (Jorge Alemán Moreira) era uruguayo, y no tengo idea de dónde le habrá venido ese primer apellido, “Alemán”, pero me imagino que Oscar habrá pensado muchas veces en esa casualidad, en esa especie de premonición que le venía adosada directamente en el nombre.

Todo tiene que ver con la guerra: es oportuno tener en cuenta que la madre de Oscar, Marcela Pereira, era una pianista chaqueña perteneciente a la comunidad Qom, de los mismos Qom que hoy todavía viven como perfectos marginados sociales en el Chaco, sin que se le preste ni la más remota atención a ninguno de sus reclamos.

oscar  Oscar Alemán era guitarrista. La famlia de Oscar estaba llena de música. Como padre, creo que esa es una de las cosas más afortunadas para decir sobre una familia: que está llena de música; música que se convierte, con el tiempo, en un elemento constitutivo del carácter familiar. Esto hace sospechar, además, que la infancia de Oscar Alemán fue una infancia feliz.

Pero esa infancia duró poco. Los padres de Oscar mueren cuando él tiene diez años. Desde ese momento trabaja en distintos oficios para comprar una guitarra. Ahorra el dinero pidiéndole a un amigo que se lo guarde.

Con esa primera guitarra forma un dúo que lleva por nombre “Los lobos” para tocar en salones de fiestas. En 1925 son contratados por primera vez por una compañía teatral y se trasladan a Buenos Aires.

En 1929 el dúo “Los Lobos” sale de gira por Europa.

En 1932 Oscar Alemán triunfa en París.

Sé que me estoy dejando llevar impunemente por el lado épico pero, a pesar de la síntesis un poco exagerada, esta es la historia de Oscar Alemán. El triunfo en París, que suena tan espectacular que parece bolazo o mala literatura, es tal cual: un triunfo en París. Lo contrata la misma Josephine Baker que en ese momento era la reina de París, dueña y ama absoluta de la ciudad, norteamericana y negra y te bailo en bolas en el Folies Bergère. Hablamos del París de Hemingway enfermero de la Cruz Roja y Fizgerald borracho en la Costa Azul. Louis Armstrong y Duke Ellington, Charlie Parker y Dizzy Gillespie. París es la cima. “La Primera Guerra Mundial introdujo el jazz en Europa” dicen los especialistas. Son los años con que Cortázar sólo pudo soñar y siempre se lamentó de no haber vivido. Cuando París tenía conversaciones de igual a igual con New Orleans sobre lo que era o no era el swing.

Quiero señalar algo muy interesante de esos años: los vecinos. Digo, los vecinos de París. Los vecinos de París eran, precisamente, los nazis. Hay una simultaneidad muy particular que se da en ese momento. Esto sucede lentamente, y produce un efecto distinto en todas partes, pero la contigüidad es notable. Cuentan que Berlín, por ejemplo, era una ciudad todavía más liberal que París durante los veinte. Pero ahí es donde entra a tallar el tratado de Versalles y Keynes, Hitler y etc. etc. Les fue creciendo el nazismo de adentro hasta que un día se acabaron los progres en Alemania.

París duro más que Berlín, se llenó de norteamericanos, se llenó de gente de todas partes en realidad, pero los norteamericanos más tarde se apropiaron del recuerdo de esos años, quizás porque allá tenían a sus mejores cronistas. Y mientras todo sucedía en París, mientras París era el centro del mundo, el epicentro del presente, al lado cocinaban el caldo más espeso que se tragó Europa jamás.

Me imagino que sucede la siguiente secuencia, simultáneamente, aunque no puedo confirmarla, pero hubiera resultado perfectamente posible: Pablo Picasso tomando un café en Paris, quizás reunido con otros artistas, o pintando, o con alguna mina, mientras ahí nomás en Frankfurt los nazis montaban una de esas muestras de arte degenerado sobre artistas sodomitas y judíos que por lo general incluían obras de Pablo Picasso.

Esta llamativa continuidad es de la que hablo, esta vecindad tan oscar 2extremadamente frágil y que no está hecha para durar, ya que si bien Picasso es perfectamente capaz de tolerar sin que se le mueva un pelo que alguien califique su arte de “degenerado”, los nazis de todos los tiempos son incapaces de sufrir que Picasso se tome un café o se levante una mina, y por lo general están dispuestos a asesinarlo, quemar su casa, aniquilar su estirpe y sembrar sal en su tierra. Por eso la guerra está detrás de todas las cosas.

Me duele pensar en el día que Oscar Alemán debió volverse para Buenos Aires. El momento preciso, en París, cuando supo que no habría próxima función. En 1940, mientras París se rendía a los nazis, su propio nombre debió sonarle como una maldición, como un estigma del destino. La música de Oscar Alemán, junto con todo el jazz, los cuadros de Picasso, los bailes de Josephine Baker, los escritores norteamericanos, etc. etc., todo estaba calificado como arte degenerado y cuando llegaron los alemanes se terminó.

Esto me hace pensar también en la ingenuidad de los marplatenses que comparan a Arroyo con Hitler, y a la actual gestión política de su cultura de pronto la tienen en mayor estima que al París de Josephine Baker. Quizás la distancia evidente entre Arroyo y Hitler nos permita ver también la distancia evidente entre nuestra gestión cultural y la de una ciudad memorable por su cultura.

Sobre la versión de ”Bésame mucho”: dos notas en la guitarra de Oscar Alemán alcanzan para darse cuenta de que la música lo hacía feliz, y este tema en particular te deja en claro cuánto se divertía haciendo música.

Si el arte es una especie de afinidad que se da entre personas muy particulares, entonces en cada tema de Oscar Alemán el oyente podrá entender (como me parece entenderlo a mi) por qué lo eligió Josephine Baker para bailar con ella en París.

Accesoria: Los fascistas de entonces, al igual que los de ahora, creen que a los Qom, por ejemplo, no hay que prestarles atención, básicamente porque no son personas. Esa es una idea fascista, digamos: una manera efectiva de distinguir a los fachos de los que no lo son es preguntando “¿Qué opina usted sobre los Qom?”. Para esa gente a la que no le interesa lo que pase o deje de pasar con los Qom viene bien la figura de Oscar Alemán. Sirve para mostrarle que el talento nunca tiene que ver con una genética, o mejor: que cualquier genética puede triunfar en París, a menos que a París la dirijan los fascistas.

Gonzalo Viñao

Consuelo Velázquez

 

Oscar Alemán