Chopin, pianistas varios

Alguien decía que un cantante que no componía no era artista. Y pensaba en qué pobres seríamos si, por ejemplo, no pudiéramos acceder, a través del intérprete, el médium, a la música de Beethoven o Mahler. El maestro chileno Claudio Arrau azoró al mundo con su interpretación de Chopin. Y Arrau, pequeñito y moreno, justificaba la sorpresa: “El que estaba enfermo y débil era él, no su música. Los pianistas tienden a trasladar esa tuberculosis a una partitura que, en verdad, está llena de vitalidad y pasión.” Otros pianistas así lo entendieron. En 1963, Alexander Brailowsky grababa el improptus número 66. Podemos escuchar la fritura del vinilo, defecto irritante en su tiempo, hoy una clave de distinción, por su carencia. Arthur Rubinstein, un juerguista de aquellos, a los 50 años se puso a estudiar en serio y su Chopin es ágil, rápido, enérgico, es el primer Chopin sano. Finalmente, el propio Arrau baja la marcha y crea un Chopin misterioso y de suspense. Todos son Chopines aproximados, inventados, performance sonoras de una competence intangible y muda.

Rosalía Baltar

Claudio Arrau

 

Arthur Rubinstein

 

Alexander Brailowsky