Gracias amiguito

Por Joaquín Correa

No existe España, no hay una nación española. Hay naciones. Eso nos dice, primero, Nacho Vegas, al traducir “Devil town” al vasco y cederle la voz a Maite Arroitajaureg (antes Los Punsetes también la habían traducido, pero al “español”, esto es: al castellano, idioma oficializado por Madrid). Y después, al transformar a los vampiros de Daniel en personas tristes de Gijón, lejos de los turistas que, como hordas, visitan, depredan y destruyen a diario Barcelona, el símbolo de exportación – pese a ellos mismos – de España, en una distopía propia del realismo capitalista que, para salvarse, ha dejado un tendal de desahuciados y suicidados tras una de sus crisis periódicas. La misión de Nacho es gritada con alegría: ¡matar vampiros! La tristeza es una plaga. Se extiende por todos lados. Invade incluso la intimidad, provocando sexo triste. Estar vivo es lucharle a la tristeza y tomar la ciudad por asalto.

            Esa consigna, que nos devuelvan la ciudad, toma un cariz más trágico y directo en el video de la canción, referido a los 43 normalistas desparecidos de Ayotzinapa. Valiéndose apenas del recurso dylaneano de los carteles como hilo narrativo, usado entre nosotros por León Gieco en “Ídolo de los quemados” (resignificada después del argentinazo: “y el pueblo aunque es medio quedado / siempre irá para la plaza”, cantaba en vivo) y más recientemente por Lars von Trier en The house that Jack built, y utilizando material de archivo, Nacho presentaba otra pieza de su poética: la politización del uso de lo ya dado. La interpretación de canciones ajenas, en este caso de Daniel Johnston, muchas otras veces de procedencia popular, y el recurso documental del archivo, así, eran resituados. Los vampiros, en la versión mexicana, eran las fuerzas de represión del Estado, la policía o, mejor dicho y sin ningún eufemismo, el propio Estado, torturador y asesino. A pesar de todo, y aun con fuerza, la alegría (otro nombre posible para la utopía) quería seguir en pie, reclamando la restitución de la ciudad. El fin de la tristeza empieza con el fin de estos gobiernos.

            Si algo buscó Daniel Johnston a lo largo de su vida fue la felicidad del amor. En la batalla entre el Bien y el Mal, entre los personajes de los comics, el Capitán América y Casper, el fantasmita amigable, y el Demonio, que se libraba constantemente en su cabeza y mundo, sus únicas armas eran las propias del arte, las canciones, sus videos y dibujos. Pocos lo entendieron, y por eso le llenaron el estómago de drogas psiquiátricas, además de ingresarlo varias veces en esos institutos o en sus parientes próximos, las iglesias protestantes. Ya lo escuchamos, está todo en “The story of an artist”. El arte, investigan varias tesis universitarias, no es ningún trabajo, no da réditos y con su derroche va en contra del orden instituido para el progreso. ¿Cuál fue uno de los primeros problemas de Daniel Johnston? Que, como el personaje de los Decadentes enfrentado a Guillermo Nimo, no sabía hacer nada, y mucho menos trabajar. Nada sino hacer y hacer canciones, hacer y hacer dibujos. Como Renée, la madre de Tarnation, cuya psiquis fue deformada por los testeos que con ella hicieron de drogas y tratamientos, el equilibrio una vez usurpado ya se vuelve difícil de volver a afinarlo.

            Daniel era un fanático de los Beatles. Quería volver a reunirlos para que fueran su banda. Perdida en su larga discografía, encontraremos “I will”, cuando aún tocaba el piano para componer y no lo había abandonado, como Messi la zurda por la derecha, por la guitarra, que no dominaba y que tal vez nunca llegó a dominar del todo, si juzgamos sus rasgueos furiosos con piedad. Se lamentaba, en sus raptos de lucidez, que se hubieran muerto antes que él comenzara con la música, al menos Lennon, luego Harrison, como escuchamos en “The Beatles”. Para ellos pedía la bendición de Dios.

            En sus gestos y expresiones convivían, especie de Gioconda contemporánea, la felicidad y el desconcierto. Resulta difícil aún hoy atribuir uno solo de sus gestos completamente a la alegría o a la tristeza. Daniel fue alguien que no pudo ser comprendido, ni por sus padres ni por nadie. Si miramos atentos cualquier video o fotografía suya tampoco nosotros lo lograremos. Al parecer ese es uno de los síntomas de los depresivos, y él mismo en una de sus grabaciones caseras se reía de eso. De “Casper, the friendly ghost” pasamos, por ejemplo, a “Worried shoes”, en una oscilación que puede aniquilar a cualquiera. Pero es muy fácil y hasta tosco atribuir lo incomprensible a aquello que escapa a la normalidad psiquiátrica. Daniel encontró en el arte un espacio de libertad absoluta que no le proporcionaba ni la familia, la religión, el trabajo o la salud, aparatos de represión del Estado, tal como definidos por un famoso feminicida francés. Y por ello fue torturado psiquiatra y psicológicamente, fritándole aún más los sesos. La normalidad mata. Y lo curioso es que, una vez que había vuelto a emerger, lo seguiría haciendo, siendo su propio sobreviviente (“My life is starting over again”), frente al autocomplot que, a partir de cierta altura, le proponía, constante, su mente.

            En la adaptación que Spike Jonze hizo de Where the wild thigs are, escuchábamos “Worried shoes” en la voz de Karen O, en el comienzo de su carrera solista, después de los Yeah Yeah Yeahs. Y entonces, podemos imaginar, Daniel era también otro de los monstruos que acompañaban al pequeño Max, en el país de los monstruos o, mejor, de las cosas salvajes, después de haber huido de su casa. El monstruo moderno es un monstruo de la diferencia, un monstruo de la soledad, de la incomprensión: el que no tiene familia, el que está fuera de cualquier vínculo, el que se exilia. La literatura quiso sistematizar a los monstruos, limar sus asperezas, colocarlos dentro de sus parámetros: o no existen o si existen son malvados y crueles. No quisimos aceptar que los monstruos somos todos, no quisimos aceptar que pensar todos los días en los monstruos no es ninguna enfermedad. Un conflicto familiar es el desencadenante de la monstruosidad. En ese mundo, como en el nuestro, Max le regala a los monstruos la alegría. Por eso, tal vez, la versión de Karen O sea más amable, más arreglada, cubriendo la precariedad de la versión original, su sonido sucio y hasta la voz quebrada de Daniel.

            La voz de Daniel, como la del eterno Max de Maurice Sendak, se hospedó para siempre en la niñez. La voz de Daniel es la de un niño, incluso cuando viejo. Nunca resignó su fraseo ni su tono. En la voz de Daniel está todo lo que quisieron quitarle y él supo para bien conservar. En la voz de Daniel entendemos una resistencia, débil, como toda resistencia, para esas batallas que libró contra el mundo ajeno y contra el propio. Por eso me es imposible no llorar esta mañana al volver escuchar sus canciones. Daniel, siendo un niño, alguien podría llegar a decir, ya estaba muerto hace rato. Desde siempre. Lo habían matado una y otra vez. Y por eso, a pesar de eso y no gracias a eso, fue lo que fue. No un trastornado sino su propio sobreviviente. Era el fantasma de aquello que alguna vez fue. Y nosotros aprendimos a querer a ese fantasmita, a veces amigable, otras desquiciado, siempre al borde. “¿Sabés el jugador que hubiera sido sin la droga?”, le preguntó el Diego a Kusturica. Lo mismo podríamos preguntarnos sobre Daniel ahora que ya se fue. Nos queda la duda y la pena. Nos dejó un tendero de himnos que nunca serán himnos, a pesar y gracias a las interpretaciones que se hagan de ellos. De esas me gusta recordar “Living life”, una joyita de Songs of pain que los Eels rescataron, “Devil town” por Bright eyes, canción que solían hacer en vivo para ir cerrando sus shows, “True love will find you in the end” por el gran Beck y “Go” por los Flaming Lips junto con Splarkehorse. Aun así, al escuchar los covers reunidos da la sensación de cierto intento de domesticación de su fraseo perturbador. Algunos lo siguen, otros se alejan. Parece una enfermedad. Y de hecho lo fue. Lo que revela, a fin de cuentas, alguna especie de misericordia o conmiseración en esos acercamientos, tímidos por ello. Apenas covers y no incorporaciones.

            En el sur del sur, se ocuparon de él pocas bandas: una ya desapareció por problemas legales (La Ola que quiso ser Chau y lo fue) y la otra ha cobrado una vida intermitente, con unas pocas presentaciones por año, Valentín y los Volcanes. Rememorando aquí mismo (https://www.coverama.com.ar/covers/te-quiero-infinito-valentin-y-los-volcanes/) las interpretaciones que habían editado, Jo Goyeneche recordó la primera: “Fish”, de Daniel: “un tema que siempre me mordió el corazón y cuya letra es una declaración absolutamente brillante sobre el desamor y sus consecuencias. Nunca había trabajado en una traducción. Fue un lindo desafío que inició una pequeña práctica, la de hacer, muy de vez en cuando, un cover traducido de alguna canción que representara algo fuerte para Valentín y los Volcanes”. Después se dedicaba a comentar su traducción de Joe Strummer y nos dejaba ver la cocina de la canción. La traducción cobraba otros sentidos, más allá del mero pasaje de un idioma a otra, y se acercaba más al de una apropiación afectiva. “Nunca seré una canción en la radio” es una interpretación hermosa, súper poderosa, con fuerza, hecha con el corazón, allí donde nos tocó el viejo y querido Daniel. Porque fue, entre otras cosas, eso: un amigo que estuvo siempre cerca. El rock, cantó una y otra vez, le había salvado la vida. Nos quedan ahora las canciones, los dibujos, los videos, sus gestos. Gracias Daniel por habernos abierto tu corazón, te vamos a extrañar mucho.

Eels, «Living life»

Bright Eyes, «Devil Town»

Beck, «True Love Will Find You In The End»

Sparklehorse & Flaming Lips, «Go»

Nacho Vegas, «Ciudad Vampira»

Joaquín Correa nació en 1987 en Mar del Plata. Publicó: Fotografía estenopeica (Premio Soriano de poesía, 2013), Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo (2014, La bola editora), Puki Puki around the world (2014, Honesta) y Mundial (2014, Centro y fuga). Mantiene el blog citasincomillas.blogspot.com desde hace algún tiempo. Vive en el barrio Campeche, es la Isla del Destierro.