“Jugo de tomate”, Suéter

por José Miccio

El cover jodido es poco común en todos lados pero más en Argentina, cuyo rock es rico en discos y canciones geniales pero decididamente pobre en irreverencia. En los 80, en España, las bandas de la Movida mandaban cualquiera. Acá era casi obligatorio decir que no por bailar se ignoraban los problemas del país. Es notable, pero no tenemos casi anecdotario. En Corazones en llamas, el libro que recoge historias de nuestra década fiestera, lo más escandaloso que pasa es la falopa, que para el rock es un hábito tan asentado como el sufrimiento para la literatura rusa. Los únicos fuera de quicio fueron Los Twist. Todavía sorprende que se hayan animado a grabar “Jabones flotadores”. La verdad que la canción me da cosa. Pero de eso se trata. De que el rock te dé algo que no le permitirías escuchar a tus hijos. Una vez Greil Marcus escribió que Pussy Galore era capaz de ponerte en el lugar del Parents Music Resource Center. Es decir, en el peor de los lugares posibles: ese en el que ni el contraculturalista más poronga puede dejar de señalar que tal vez los pibes se pasaron de rosca. “Cuando el rock deje de producir una versión de sí mismo que no valga la pena prohibir, ya no valdrá la pena escucharlo”, concluye Marcus. Es una de esas frases que nos salen a todos de vez en cuando: un eructo de stalinismo rocker que te puede hacer sentir tan ligero como mear después de haber estado media película frunciendo. Una sociedad que le da bola a un comité como el de Tipper Gore es una mierda. Un rock que no te hace pensar en algún momento que los chicos no deberían escucharlo también. Acá lo más Pussy Galore que hubo fue Flema. No sé cuánto más quiero.

Pero bueno.

Hay algo cierto: los buenos modales y el respeto por los íconos llevan a elegir siempre el camino de la corrección (o como mucho, el de la desobediencia controlada). Es el único motivo por el cual alguien puede preferir los covers de Fabiana Cantilo antes que los de Ricardo Iorio. Como se dice, sin decir nada: es todo un síntoma. Cantilo deja cada cosa en su lugar, intenta pegar las notas, es delicada, deja que sus productores metan arreglitos de cuerdas, nos permite poner el disco de fondo en algún cumpleaños y mirarnos entre todos, y decir: qué versión prolija, o alguna otra miseria. Iorio hace música. Puede brillar o cagarla. Pero hace música. Nadie adorna una reunión con Ayer deseo, hoy realidad. “Durazno sangrando” por Iorio es un acontecimiento, “Amanece en la ruta” por Fabi es una golosina, como parece que se dice ahora de las series que le hacen un pete a nuestra infancia.

Tarea indigna y necesaria: hacer canciones de otros para tomarles el pelo o llevarlas adonde jamás se les habría ocurrido ir. Devolverles una imagen de sí mismas indeseada. Tratarlas mal. Devo demuele “Satisfaction”. Frank Zappa “Purple Haze”. Scissor Sisters, “Comfortably Numb”. Los Residents todo lo que les pasa cerca, y especialmente aquello que se puede percibir como intocable (como sagrado). Se burlan, le meten un bigote a la Gioconda, te hacen pensar que son unos reverendos hijos de puta, y que quiénes se creen que son para meterse así con nuestros pósters. Pero al mismo tiempo permiten que las cosas se muevan. Es la función histórica de los iconoclastas salvajes: recordarnos que todo (pero todo todo todo) está permitido, y que hay que tener huevos y decirle a papi que ya no lo queremos, que es un viejo choto y que se pudra, total ya habrá tiempo de volver y decirle que era un juego, que lo adoramos mal, que nada podría haber sido sin su ejemplo, y que por eso gracias, y que qué tal si tocamos un temita juntos y cerramos con un brindis hegeliano.

Fito Páez sabe de esto porque siempre fue un buen hijo. De Litto, de Charly, del Flaco, de Chico. Que quede claro: Fito Páez hizo al menos treinta canciones gloriosas. Que los que hablan boludeces las hablen entre ellos. Que la hipstereen. Ni todos los discos juntos de Belle and Sebastian valen lo que “Ámbar violeta”. El tema es que no se puede ser siempre Fito y tocar “Desarma y sangra” con franciscana humildad. Tanta reverencia, tanto reconocimiento: la Historia no se hace chupándoles las medias a nuestros héroes. Sonic Youth lo sabe bien. El mejor nombre de un disco de rock es Kill Your Idols.

En fin.

Solamente hay un cover jodido en Argentina. Es “Jugo de tomate frío” por Suéter. Zavaleta se habrá merqueado duro. No sé. Pero le salió un monstruo. Un monumento a la irrespetuosidad. Está en 20 caras bonitas.

La verdad que es horrible. Aguante.

Manal

 

 Suéter

José Miccio es profe de Literatura. Escribe sobre cine y sobre rock. No sabe manejar. Vio jugar a Bochini.