“Knocking on Heaven’s door”, Lavigne, Guns N’ Roses, Hegarty

 
El protagonismo de la escena le pertenece a un personaje secundario. La vida le regala en su muerte inmediata una epifanía. Baleado, y mientras los otros se debaten entre el zumbido del plomo el lugar donde se esconde Billy the Kid, el desgraciado va caminando lento, que es como puede, a sentarse al costado de un espejo de agua próximo. Su mujer corre detrás y se detiene cerca suyo, con lágrimas en los ojos: ella también ha entendido. Ha empezado a sonar poco tiempo antes una canción de reminiscencias religiosas, de tono bíblico y de un futuro definitivo.

La pobreza ascética que se siente en esa atmósfera es mancillada por el lujo berreta de los noventa, con chicas en bandadas, delfines y un típico lujo de rock star. Se ha cambiado de elemento, del aire del cielo al agua de las piscinas y el mar, como se ha cambiado de sentido: de la epifanía de la muerte al intento de suicidio. Sobra decir que tal postura peca de tilinga e incluso la alusión a Nevermind en su video se encuentra en los registros de la calumnia. Dios nos libre de Axl Rose.

Avril Lavigne, educada sentimentalmente en los noventa y por lo tanto más cerca de Axl que del viejo Bob, se atreve a apagar todas las potencialidades de la canción bajo el signo estúpidamente contemporáneo de lo políticamente correcto y un progresismo que no va más allá de meros discursos vacíos y prescripciones de la agencia de marketing que la tiene a cargo. Es si no cínico al menos irresponsable que todas las imágenes pertenezcan a chicos asiáticos o adultos de raza negra -induciendo el golpe bajo- y que ninguno de los puntitos rojos que señalan conflictos armados no esté ya en los EUA (no exijo honestidad) sino que ni los señale como uno de sus principales promotores. Todo está lejos de Estados Unidos. Incluso los lugares bombardeados, los asesinatos, las torturas. Mientras tanto, y para calmar la consciencia, la pequeña canadiense nos regala una canción de paz.

Antony, sin embargo, (casi que) olvida todas esas apropiaciones y desnuda la canción para volver al gesto primero: una plegaria con la divinidad en condiciones donde la intensidad de la vida se manifiesta en su fulgor. Pero paga su tributo: trae al terreno de la canción lo que dice una voz al teléfono en la versión de los Guns N’ Roses (fue suprimido en algunas ediciones de sus álbums) y lo incorpora a su letra, ensuciando, como tal vez un agonizante haría, la situación del momento final. Cover del cover, las mediaciones lo instalan en la indecisión del responsable de la deuda.

Cada época encontró un motivo o un impulso por el que golpear las puertas del otro lado. En todo caso, pocos se animaron a entablar el diálogo o imaginar qué podría haber. Aquel personaje secundario lo supo.

Joaquín Correa

Dylan

 

Guns ´n Roses

 

Avril Lavigne

 

Antony and the Johnsons