QUEEN, mutantes y gatopardismo

Escribe Gonzalo Viñao

(febrero 2020)

QUEEN, “I want to break free” (1984)

En el corazón de la cultura pop nos encontramos con ese fenómeno audiovisual que llamamos el videoclip. Cuando se revuelve un poco en la historia de este formato, descubrimos -entre otras cosas- que se remonta hasta los mismos orígenes del cine y la fotografía. Pero mucho más acá, para el momento en que ya teníamos asimilados los bombardeos visuales de la MTV, averiguamos que QUEEN tiene por lo menos un par de intervenciones muy intensas en esa historia. Una, en 1975, cuando lanza el sencillo Bohemian Rhapsody con el primer video musical elaborado con efectos especiales. Esto dispara un periodo de transición de los antiguos videos musicales hacia una nueva generación que aprovecha los adelantos tecnológicos de la época. A partir del éxito de ese tema y de ese video, la producción de videoclips por parte de las discográficas se vuelve habitual. Tanto para los productores como para los músicos y también para el público, se “normaliza” el hecho de que un tema o canción tenga su contraparte visual.

Un segundo momento, y esto ya cae más bien en el terreno de las opiniones personales, es en 1984, cuando empiezan a circular las imágenes de Freddie Mercury, sus tremendos bigotes, su boca intensamente sensual y roja de lápiz labial, vestido con una ajustada mini falda negra, falsas tetas puntiagudas, peluca y lazos rojos, pasando coreográficamente la aspiradora por el living de una casa que podría ser una casa cualquiera. Esto sucede feliz y alegremente, tres veces subrayado por cada uno de los integrantes de la banda. Es el video que acompaña el lanzamiento de “I want to break free”, que seguramente ya vimos todos hasta el cansancio, y que sin embargo es el primer video adjunto a esta nota. Les mejores lectores sabrán volver a darle play, una vez más, antes de pasar a los videos siguientes.

Tal vez para mi aquel fue un momento especial porque era un chico que miraba la tele en una casa cualquiera del conurbano bonaerense, y porque eso queda en Argentina, donde (como si no viniera al caso, o como si fuera a propósito) 1984 no era un año más del montón. Era el año de la vuelta a la democracia, el año de Alfonsín. Y “I want to break free”, en perfecta consonancia, no parecía cualquier canción. En ese momento parecía más bien una consigna. El soundtrack perfecto para el 1984 de Argentina y su estado de conmoción político-espiritual.

Para desconcierto de les mentores del feminisme, la canción -música y letra- es de John Deacon, el bajista de la banda: el tipo que dijo “No existe QUEEN sin Freddie” y que después de la muerte de su compañero se mantuvo apartado por completo de la escena pública, viviendo en perfecta armonía burguesa con su esposa, con la que tuvo seis hijos criados en el mismo barrio del sur de Londres, donde vive como un vecino más, hasta hoy. Para más datos: en el video de I want to break free Deacon interpreta el rol de la vieja ortiva que lee el diario y lanza duras miradas de desaprobación al sensualísimo Mercury. Quizás esto explica en parte la configuración del amor romántico de formato patriarcal que atraviesa la letra original. Y digo en parte porque la verdad es que a nadie le llamaba la atención todas estas cosas en aquel momento, ni siquiera al propio Alfredo Mercuryo en persona.

Una cosa que pareciera saltar inmediatamente a la vista en el video es la referencia al trabajo doméstico, cruzada con el amor como tema, como asunto de la cuestión. Pero eso que ahora vemos casi inmediatamente y en primerísimo plano, creo que no resultaba tan accesible entonces. Se trata de una puesta en relación más bien inesperada para todes (“todos” en ese momento), ni siquiera pensada como disruptiva. La clave del video estaba puesta en el shock del travestismo, que no le permitía a nadie pensar mucho más allá, y todo quedaba un poco mitigado finalmente por el humor y cierto espíritu lúdico. Uno de esos juegos graciosos que, en público, sólo tienen permitidos los artistas y los miembros de las clases altas. Los integrantes de la banda eran músicos profesionales que buscaban prosperar en su trabajo; el pop finalmente es industria, no revolución.

Pero ahí está, sin embargo, “sobre las cartas la mesa”: un hombre preciosa y dignamente vestido de mujer, permitiéndose a sí mismo un vínculo con el propio cuerpo cargado de una envidiable dosis de sensualidad, diciéndonos “quiero ser libre, no me vengas a hablar de amor mientras estoy acá pasando la aspiradora”.

Hombres que bailaban y se divertían vestidos de mujeres en el living de nuestras casas. Y digo de nuestras casas porque ahí estaban las pantallas de los televisores, y ellos proyectándose a través de un eco simbólico, ese set de televisión que era a su vez el living, la cocina, el baño, las habitaciones de una casa ajustada a los estándares de la clase media, y esto sucedía en la cara de unos padres y unas madres (los nuestros, los míos) más o menos mediocremente conservadores, educados en el miedo a un orden social violento y abrumador, abordados en la desprevenida tranquilidad de sus pacíficos y genéricamente muy homogeneizados hogares. Era 1984 y todo resultaba perfectamente natural, o así intentábamos que pareciera. Ni siquiera Orwell pudo anticiparlo.

Los mutantes del Paraná, “I want to break free” (2013, 2016, 2017)

Una bandita que aparece (como su nombre lo indica) en Zárate, provincia de Buenos Aires, a orillas del Río Paraná, y que en su recorrido ascendente comparte la escena con bandas afines como Mi amigo invencible y Las ligas menores. Pero, a diferencia de aquellas, la saga de los Mutantes actualmente se encuentra -según me contaron- entre paréntesis desde el año pasado.

Cuando Los Mutantes del Paraná se describen sí mismos dicen algo muy llamativo, hablan de “el poder de la creación a través de la conexión del individuo sensible con su parte mas salvaje”. Y esto, que a primera vista podría parecer una estupidez o una exageración, queda absolutamente claro en su versión de I want to break free. Los mutantes pelan la canción hasta el puro hueso del sentimiento físico de la libertad. La limpian de todo resabio del amor romántico que abunda en la versión original, una forma del amor que tan fácilmente se vuelve despecho y resentimiento, reclamos y reproches (You’re so self satisfied I don’t need you), conservan lo único que importa en la letra (el límpido deseo de libertad) y multiplican esa necesidad de liberación a través de la potencia de la música.

La banda revisa el clásico de QUEEN en tres ocasiones diferentes, creando tres versiones cada una mejor y más potente que la anterior, lo que en sí mismo ya es un logro impresionante. Las reseño muy brevemente:

Hacen una primera reversión (2013) estrictamente instrumental del tema, grabada en estudio para su disco “El entrerriano”. Es el único cover del disco. Combinan el folk, la psicodelia y el carnavalito, con protagonismo absoluto de las cuerdas y una percusión tranqui, pero alegre y picante.

Una segunda versión (2016) acústica e imprevisible, grabada de corrido en una estrechísima cocina, con cuerdas y percusión de teteras y cacerolas, que a pesar del escaso espacio y la falta de grandes medios técnicos y materiales, se vuelve todavía más potente que la anterior.

Y finalmente una tercera versión (2017) cargada con toda la fuerza de una puesta en vivo, con la intensificación que esto implica, y una presencia más notable de la percusión (en este caso con un set completo de batería). Y es en esta tercera versión en la que rescatan lo único que importa de la letra original, el “I want to break free” cargado de energía y emoción que atraviesa todo el tema.

Final sensiblero, I want to break free (2020)

Los covers de los Mutantes me trajeron de golpe aquella sensación de 1984 cuando escuché por primera vez, en un estado de perfecta ingenuidad infantil, el tema de QUEEN: la música como estimulante ideal de un deseo de libertad tan ideal como la misma música, y tan infantil como yo mismo en aquel momento, y por eso mismo tan genuino.

Tengo la sensación de que este deseo ingenuo y directo de libertad personal está un poco adormecido. Habrá quien piense que esto me pasa a mí en términos individuales, pero creo que se trata más que nada de un “clima de época”, una especie de estado de adormecimiento general de nuestro deseo de independencia, un dejarse llevar por ciertas formas de seguridad y confort que nos impiden revisar críticamente los principios sobre los que esa seguridad y ese confort vienen establecidos. Cunde una falta de entusiasmo por la libertad, una manera de hacerlo todo tan enroscado, una especie de pasión por lo laberíntico, por los artilugios legales y la letra pequeña de los contratos, por los plazos fijos y las cuotas sin interés, una manía de que todo siga igual cuando es evidente que por este camino las cosas sólo pueden empeorar, cuando es evidente que ponemos en juego nada menos que la posibilidad y las condiciones de nuestra libertad. Y en ese contexto no parece haber nada, ni música ni consignas, que nos conmuevan, que nos pongan en movimiento, que nos inviten a la acción.

Ya sé que sí hay consignas, que sí hay músicas y movimientos y organizaciones sociales y políticas que propugnan la libertad. Pero, en mi opinión, abunda el gatopardismo, y nuestras músicas y consignas y movimientos están tan lejos de las verdaderas revoluciones, que no parecen más que otras formas -más refinadas y efectivas- de conservadurismo.

Tal vez lo que haga falta sea partir de la aceptación de que estamos atrapados, acorralados, presos (pero de una manera más directa y concreta, no como en una sobria y académica descripción foucaulteana de la realidad, sino como un hecho irrebatible de nuestra vida cotidiana), y desde ahí desarrollar una conciencia colectiva como única solución, como única vía de escape. Eso que used to be la famosa “conciencia de clase” de la que tanto se ha hablado, y que tan poco se comprende desde nuestro seteo de individuos abandonados al azar de la depredación social capitalista. Esto es fundamentalmente necesario y ásperamente inevitable desde que nos damos cuenta (un darse cuenta que no aparte la mirada, una mirada que también mire lo que generalmente no se quiere ver) que incluso el éxito individual en las condiciones actuales no es más que otro camino para volver a caer en todas las trampas, de una manera tal vez más dura y más profunda, porque no hay peor preso que aquel enamorado de las circunstancias de su propia esclavitud.

Ojalá estas increíbles versiones de I want to break free de los Mutantes del Paraná estimulen en los demás, como me pasó a mi, los corazones endurecidos por las prisiones cotidianas que todos tenemos que soportar. Y que volvamos a priorizar, aunque sólo sea en una dosis muy pequeña, la armonía del todo por sobre la mezquindad de las partes.

QUEEN, “I want to break free” (1984)
Los mutantes del Paraná, “I want to break free” (2013)
Los mutantes del Paraná, “I want to break free” (2016)
Los mutantes del Paraná, “I want to break free” (2017)

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