“Round midnight”, Amy Winehouse

 

Las formas en que la música pasa por el cuerpo

No soy una fanática de Ella Fitzgerald pero sí debo reconocer que siempre me fascinó verla cantar por su forma de moverse. En ella hay algo así como un cuerpo de la voz: quieto, liviano – casi suspendido-, con los párpados relajados, casi siempre cerrados, la mirada en el suelo – lo grave parece venir desde abajo – y el detalle mínimo de un balanceo sutil.
Escuchar la versión de Amy Winehouse de “Round midnight” es enfrentarse, sin dudas, con otra forma del movimiento. La superposición de diferentes ritmos y tipos de percusión configuran una base que se mantiene hasta el final del tema. Dispuestos como capas, los sonidos no se disipan ni se mezclan. Se escucha así un groove pesado y denso en el que por momentos el oído se pierde: hay algo que nos suena a latinoamericano – aunque no logremos identificarlo del todo – pero, al mismo tiempo, encontramos cierta estética del acid jazz y de la balada. La voz nasal, aguda y opaca queda en primer plano. El fraseo rítmico que corta los versos y contiene la melodía se conjuga con una pronunciación extraña y distintiva que hace de la voz un instrumento más de percusión: la forma en que se remarcan las T, por ejemplo, o la manera en que se apuran las últimas letras de una palabra parecen impulsar la música hacia delante.
Si la voz de Ella en la balada parece hacernos flotar, en Amy la música va a tierra y nos mueve con ese estilo mínimo pero marcado de un típico rapero de los `90. En la versión de la cantante de jazz, lo que linda con el silencio en el comienzo de la canción es ese sonido grueso e hipnótico de la voz. En cambio, hacia el final del tema de Winehouse lo último que se escucha es aquello mismo que nos mueve: una clave de candombe.

Ro Fernández

Ella Fitzgerald

 

Amy Winehouse