“Song for Bob Dylan”: Bowie y un anticover

Por José Miccio

En Hunky Dory David Bowie hace un cover de Bob Dylan. Pero no de una de sus canciones sino de su estilo. El cover de una canción de Dylan que Dylan nunca escribió. Se llama “Song for Bob Dylan” y suena como si se llamara “Song by Bob Dylan”. Bowie se pone una máscara más, una de tantas, y juguetea con la máscara de otro. Basta repasar el comienzo de la letra: “Eh, Robert Zimmerman, escuchá. / Escribí esta canción para vos / acerca de un joven extraño llamado Dylan / que tiene una voz de arena y pegamento”. Nombre de pila y nombre artístico: Bowie no ve sino disfraces. Agarra las guitarras y los fraseos de Dylan, los baña con purpurina glam y se va a la fiesta de esa noche. Su arte es diferente del de los grandes coveristas: en lugar de hacer propia una canción que ya existe (como Hendrix con “All Along the Watchtower” o los Guns con “Knockin’ On Heaven’s Door”, para seguir con Bobby), compone una canción ajena. Es el movimiento contrario al del cover. Un anticover. ¿Por qué entonces traerlo acá, además de por la honra que merece el Rey Capricho? Por algo bien simple. Porque tal vez sea esto que Bowie hace lo que vibra en cada cover: un deseo no de llevar las cosas al territorio propio sino de encontrar la forma de escaparse del estilo y demás formas de la identidad. Ser otro un rato. Enterrar una mina en la propia obra, para que la obra quede siempre en minúscula, porosa, confundida con lo que debería ser su exterior. En una palabra, in-discreta. Contra el “Esto soy”, un acto de “Así me dejo”. La estrategia puede tener efectos demoledores sobre la imagen pública de un artista. Spinetta, que por lo menos a partir de los años 80 se la pasó cascoteando a sus fans vigilantes, siempre listos a derivar de su admiración un desprecio, tocó primero con Charly, reconoció después (tardíamente, todo sea dicho) la grandeza de Virus, puso a rapear a sus pibes en el fenomenal Téster de violencia y en su jugada maestra hizo un cover de Los Ratones Paranoicos. Andá a encontrarlo entonces. Ponele un cerco a esa fuerza. Nunca donde vos me querés, parecía decir el Flaco siempre. Nunca en ese altar que ya no conoce la vida.

 

Ahora bien, así como, según se dice, una virtud llevada al extremo se convierte en vicio, las estrategias de desidentidad tienen su patología en la figura del clon: el que no usa al otro para dejar de ser quien es o quien los demás piensan que es sino para conseguir una identidad vicaria. Coti queriendo ser Calamaro. Ariel Leira queriendo ser Fito Páez. Mar del Plata queriendo ser Biarritz. Un hit del refranero universitario afirma que lo reprimido vuelve. Que aunque te pases la vida lustrando el piso insiste hasta que, crack, te hace una raja. Quizás a eso se deba, me comenta Martínez Estrada por boca de la espiritista del barrio, que en Mar del Plata haya más bandas tributo que en cualquier lugar del planeta. La ciudad nació como cover y no tuvo refundación mítica como la que Borges y el tango le dieron a Buenos Aires: es lógico que su origen retorne (como la Pampa retorna en los baldíos de la ciudad) cada vez que Séptimo Día o Mala Sangre suben al escenario para hacer canciones de Soda o los Redondos. Pronto llegará el turno de Changes o como se llame el tributo a Bowie que nos toque. ¿Qué será entonces de “Song for Bob Dylan”? Nada, seguramente. Primero, porque Changes (o Héroes, o Blackstar) no elegirá temas poco conocidos: los tributos son tributos al Grandes Éxitos del artista elegido como modelo. Luego, porque la canción tiene una fuerza propia, que crece cada vez que alguien la vuelve parte de su vida.

 

Escucho seguido Hunky Dory. Es un disco fetiche, antisalteo y antirandom. Empieza con el himno “Changes”, que el perejil de Simon Reynolds asocia al capitalismo financiero en su libro sobre el glam, y termina a puro folk psicodélico (¿o a puro glam progresivo?) con “The Bewlay Brothers”, que Sid Barret debía bailotear. “Song for Bob Dylan” está entre “Andy Warhol” y “Queen Bitch”. Justo en el centro del lado B. Cada vez que la escucho, no puedo no pensar que Bowie se lanzó a la conquista del más allá de sí y en su movimiento terminó arrastrando al propio Dylan, a quien después de la canción es posible imaginar vestido de lamé, tal vez un poco confundido, viendo figuras de humo en las que Woody Guthrie se metamorfosea en Mick Ronson, y Mick Ronson en David Bowie, y David Bowie en el mismo Dylan. Estas lentejuelas matan fascistas. Díganme una Esfinge más bella.

 

“Song For Bob Dylan”