“Your Song”, Elton John (1970) y Lady Gaga (2018)

Escribe Juan Gómez

Nada le falta ya a la canción original, por supuesto, ni a su letra, si es que el cover resulta una ocasión para la adición, para la transformación como deseo de mejoramiento, o de perfeccionamiento, de algo que está en ciernes en el original. Es una de amor en este caso, pero también es una reflexión sobre la creación, sobre la arbitrariedad de calificarla de simple, o de compleja, o de elaborada, o de impresionante. Casi pidiendo permiso, “espero que no te importe, que ponga en palabras qué bueno que estés en este mundo”, comienza la canción con esa referencia a un afecto extraño, a ese “feeling inside” que el adjetivo, calificado a su vez de “a little bit funny”, permite pensar en ameno, agradable, pero inusual, también, en tanto confesión. Un comienzo con un anticipo de lo que se viene, “no soy de los que (se) ocultan con facilidad”. Y ahí se abre a una enumeración – “si fuera un escultor…, si hiciera pócimas…” – que imagina pero que no termina de concretar las frases, que se quedan en la posibilidad, pero que son ganadas por la necesidad de pensar mejor, descartar, interrumpir el pensamiento de lo imposible. Por eso pareciera ser una canción que incluye una versión tardía, pop, de la captatio benevolentiae, una necesidad de comenzar excusándose en la rareza de la confesión como revelación de la simpleza de ofrecer al amado unas palabras, una canción compuesta: “Sé que no es mucho, pero es lo mejor que puedo hacer. Mi regalo es mi canción y es para vos”. Impresiona que la canción nunca deja del todo ese tono apologético, como si dedicarle una canción no fuese algo simplemente hermoso: “Espero que no te importe…”
Resuelto ese comienzo con el pedido de licencia, con la convención de humildad, la letra nos lleva a una escena metaescrituraria, la narración de algo así como la génesis de la simpleza y de la bondad de un sol que acompañó la escritura de la letra de la canción en la terraza de algún departamento mientras “los versos fluían”. Y Bernie Taupin (Elton John le puso música) se pone Shakespeareano, acomoda una reflexión de la eternidad de la canción al justo destinatario que “mantiene eterna” la obra. 
Nada de eso le falta a la versión (ya calificada por el propio Elton John en su cuenta de Instagram como “absolutamente increíble”) una vez que Lady Gaga la reacomoda a su color; porque hay convicción ahí, tanto como la que caracterizaba la puesta en voz de Elton John en 1970. Una canción de casi cincuenta años, un clásico por definición, que en este caso forma parte del álbum Revamp: Reimagining the Songs of Elton John and Bernie Taupin, lanzado en abril de 2018 con distintxs artistas invitados a “reimaginar” las canciones. ¿Pero cuánto hay efectivamente de “reimaginado” en la versión de Lady Gaga? Por un lado, es la misma reversión, el cambio de voz pero el respeto, por así decirlo, la cercanía al original lo que permite reimaginar lo que se canta desde otra experiencia. Pero lo que también es inevitable reimaginar es la permanencia, el hecho de que sea un clásico que admite volver e incluso ser seguido nota tras nota sin tener que modificar o “aggiornar” nada, enfrentando casi medio siglo, el aquí y ahora, también, con las mismas palabras. O, como comenta la Rolling Stone en una reciente reseña del cover del 29 de marzo de 2018, “on her cover version, Gaga opts not to reinvent or overhaul the 1970 classic – one of Rolling Stone’s 500 Greatest Songs of All Time – and instead uses the track’s piano-led instrumentation as a vessel to set off her own vocal fireworks” (“en su versión, Gaga no opta por reinventar o revisar el clásico de 1970 – una de las 500 más grandes canciones de Rolling Stone de todos los tiempos – sino que usa la instrumentación guiada por el piano como un vehículo para desplegar su propia pirotecnia vocal”).

Elton John

 

Lady Gaga