“Avellaneda blues”, Manal

Sin abandonar lo que condicionó al blues como género –el esclavismo del sudeste estadounidense – Manal encontró el punto exacto donde mezclarlo con el Río de la Plata. Que yo sepa, el blues no ha tenido por fuera de Estados Unidos o Inglaterra, un exponente mejor que ellos. Ninguna banda de habla hispana que haga blues, se acerca a Manal. En esa letra de Martínez que se titula “Avellaneda blues” hay tango y rock y hay jazz y es también un ensayo fragmentado, un aguafuerte en el sentido arltiano del término. Podría ser también un poema de Philip Larkin. El último verso es de una síntesis muy lúcida. Se los paso entero:

Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado.
Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados.
Hoy llovió y todavía está nublado.
Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado.
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.
Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón
y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock.
Un amigo duerme cerca de un barco español.
Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.
Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial.

Musicalmente hablando, el blues no pasa de ser un ritmo marcado, reiterativo y con esquemas sencillos donde tres notas o tres acordes alcanzan. Pero no es una música que surgió así nomás. Los esclavos –imposibilitados de tener instrumentos– improvisaban ritmos y músicas con lo que tenían a mano. Un balde dado vuelta o el raspar de una escoba sobre un ladrillo servían. Lo mismo una tabla de lavar raspada con un tenedor o una cuerda tensada con dos clavos en una pared. El virtuosismo allí se probaba en el ritmo, en el tiempo que marcaban con la sangre y el cuerpo, como sus antepasados alrededor de una hoguera en la inabarcable noche de la sabana. Cuando en el siglo veinte los negros pudieron acceder a una guitarra, se produjo la primera gran fusión de la música africana, la de los ritmos, con la música clásica europea, la de los acordes. Ese pequeño yuyo creciendo en una pared que fue el rock, le dio pie a Chuck Berry, de él pasó a Elvis, de Elvis a Dylan, los Beatles, los Rolling Stones, Hendrix, The Who, Led Zeppelin y Pink Floyd, música surgida de la fusión entre África y Europa. Mezcla forzada y sangrienta; una historia de colonización cuyo universo dispar incluye la esclavitud, el algodón, el tabaco, el famoso río, las balsas, los caballos, los perros y la muerte.

El relato de nuestra historia occidental nos ha informado que nacer con piel negra u oscura es pertenecer a una casta menor. Nos tapamos los ojos antes las filmaciones documentales del infierno de Auschwitz (sean una redención de lo real como las de Stevens o una ficción como las de Spielberg) y entendemos el nazismo como una ruptura en la historia, lo que fue y no debería haber sido, la vergüenza humana arquetípica. Para aceptar el genocidio sobre África, sin embargo, hemos sido educados. Así como España le debe mucho a los árabes (toda Europa le debe a Asia), occidente todo le debe mucho a África. Al principio, por robo directo. Portugal hincó primero que nadie los dientes en las costas occidentales. Gran Bretaña, Francia y Holanda más tarde. Esas naciones –prósperas y admirables, como les dice Sarmiento en Facundo– llevaron secuestrados a los negros y negras –sin importar edad– a otros lados. Vos que escuchás reggae: los negros no nacieron en Jamaica. La gente de ahí no era negra. Eran unos aborígenes bajitos, que se pintaban la piel de rojo y que fueron borrados. A los negros los trajeron para repoblar y trabajar como esclavos. Sometidos conservaron -como cualquiera lo haría- sus costumbres. Buscaron, en definitiva, una manera de que su espíritu no se quebrantara. Y es allí mismo donde está la raíz de esa música negra de acordes fáciles, en el espíritu. El blues es un pacto con la vida, para no morir. Sus letras y motivos hablan de una tristeza profunda en todas las cosas.

Como el tango, que también tiene algo de negro –del otro lado del río derivó en candombe, porque se conservó más negro, menos italiano o español o francés– y habla de cosas profundas entrevistas en lo cotidiano. En el blues, como en el tango, la gente no vive en palacios ni visita salones. El amor no es cortesano. Es gente de la calle, que trabaja todo el día, que sufre y que imagina otras cosas para su vida. El amor es casi trágico siempre, también como en el tango. Las mujeres no nos aman o se van con otro. El corazón siempre queda destrozado. Si tenemos en cuenta estas premisas, vemos que Red House de Jimi Hendrix es un monumento al blues. La síntesis que merece salvarse.

En los sesenta, en Buenos Aires, tres chicos de veintipico de años se juntan a tocar blues y rock. Gabis, Medina, Martínez. Se ponen Manal. Indudable la influencia que tuvieron al fundar uno de los dos paradigmas sobre el que se ha construido ese esqueje llamado rock nacional: el de la poesía urbana, la que habla de la clase trabajadora que habita en barrios peronistas con almacenes improvisados en la ventana del living-comedor que da a la calle, como diría Godoy. Esta línea marca el camino para cosas como Pappo’s blues, La pesada, Hermética, Divididos, La Renga, Almafuerte, acaso los Redondos. El otro paradigma sería el que inaugura Almendra, y que permitirá el surgimiento de Sui Generis, Color Humano, Serú Girán, Soda Stéreo. Y siempre Sumo, que no entra en ninguna categoría. Pero lo que Manal simboliza va más lejos de haber comenzado una serie. Manal es una síntesis que tardó muchos años en cristalizarse. No es, como La Mississippi, un producto ciudado. Es un resultado. Como dice el último verso de Avellaneda blues, “Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial”. Una coyuntura –cuya simiente es de larga data– avala su música. Gabis, Medina, Martínez son hijos de inmigrantes. No tocan el blues blanco –flojo de contenido– de JAF. No cantan “Ella es la flor más bella” como Memphis La Blusera. Son blues de verdad, porque entendieron de qué va la cosa sin tener que disfrazarse, como lo hace Juanse de los Ratones. Como también lo entendió Pappo, reconocido por el propio ¡BB King! Esos tipos lo llevan adentro. Bucean en lo que más tienen al alcance: la casa, el laburo, la calle. Con eso arman una poesía que es genuina. La prueba que me basta es que ninguna banda de blues en español ha superado este verso: “Un camión interrumpe el triste descampado”.

Diego Romero

Manal