1979 veces Billy

Por Sebastián Chilano

Billy está sentado la parte de atrás de un Dodge Charger LX, un modelo que se hizo famoso con la serie televisiva Los Dukes de Hazzard y que se dejó de fabricar en 1979. Billy se ve joven, sonríe. Sus dientes son imperfectos y pequeños, sus ojos son extrañamente claros, y es la primera vez que se lo ve así, rapado hasta el último pelo de su cabeza. Hace calor, los vidrios de las ventanillas están bajos pero Billy tiene puesta una polera azul que lleva con naturalidad. Billy ya no usa esa otra remera negra con la palabra Zero que durante años fue su marca distintiva cuando cantaba que a pesar de su rabia y de su odio seguía siendo una rata en una caja. Billy canta otra canción, sonríe, y parece disfrutar –al fin– del tema que compuso contra reloj para el último gran disco doble de los 90. Y la canción será un hit. Es llamativo que el tema triunfe. Pero triunfa. Las casualidades son tan poderosas como impredecibles son las consecuencias que llevan a un tema hecho de apuro a convertirse en un himno generacional. Billy, por motivos también desconocidos se rapó. Es raro, verlo así. Billy, que hasta salió con pelo en un capítulo de los Simpson, aparece, de pronto, en un auto, en un pueblo que podría ser el Springfield real, circulando por calles desiertas y calurosas, totalmente pelado. A su palidez habitual carente de barba –y ante los primeros e inequívocos signos de pérdida de pelo, se supone– Billy decidió agregarle una calvicie pontifical. Se rapó y a la vez terminó de darle forma a un estilo. A su voz y su vestimenta le sumó una actitud corporal que pocos cantantes de la época tenía. De Billy, en el auto solo se ve su cara. Sí se ve el paisaje urbano que cambia detrás del vidrio detrás de Billy y se sabe, poco después, que en el auto, además de Billy, hay cinco adolescentes. Dos mujeres y tres hombres. Pero aunque se los ve a todos, los adolescentes nunca aparecen en escena junto a Billy. Los planos sobre Billy son siempre cortes de su cara y en cambio una cámara de 360° muestra en más de una ocasión el auto en que los adolescentes transitan –aburridos, demás está decirlo– la ciudad de las mil culpas, como el mismo Billy canta.

Billy es el Dios omnipresente del video. No solo creó la canción, también moldeó a los adolescentes desde el barro, y vive entre ellos antes de que se conviertan en polvo, como todos los demás. And we don’t know just where our bones will rest to dust I guess forgotten and absorbed into the hearth, below canta el Dios Billy diciendo lo que ya todos saben: que los huesos descansarán en el polvo y en la tierra. Aunque Billy muestra, además, rasgos de un dios malvado cuando agrega, tras una breve pausa, la palabra below. Below canta Billy al final del estribillo. Below, debajo de la tierra terminaremos todos, incluidos sus adolescentes, que es donde está el infierno. Aunque la palabra también se refiere a un rango, a una posición social: crecer los llevará a un cambio, los cinco adolescentes que pronto serán adultos cambiaron y unos estarán por encima de otros, tendrán más dinero, más poder, mas odio. Below

Los directores del video –Jonathan Dayton y Valerie Faris, que años más tarde dirigirán Little Miss Sunshine y Battle of the sex– hicieron un casting buscando adolescentes que los protagonistas de la historia respetaran la edad de cada personaje. No querían actores de 20 años que interpretaran adolescentes de 15 o 16 años. ¿Para qué fingir una rebeldía que se encuentra tan fácilmente? Querían que sus actores fueran reales. Casi como si no necesitaran trabajar. El videoclip se había ideado de otra manera: una película donde los integrantes de la banda se disfrazaran de astronautas (o extraterrestres, nunca pasó de ser una idea) que lucharan contra alienígenas rodeados de una tecnología de papel maché. Se proyectó un gasto que excedería el millón de dólares y todo eso se descartó: un tema compuesto a último momento y para rellenar un álbum doble no ameritaba un gasto tan importante. Ya era una rareza que la banda decidiera lanzarlo como segundo tema de difusión. Se filmó un video sencillo, con actores que tuvieran la misma edad que representan, en un escenario urbano y con los miembros de la banda interpretando distintos papeles: una vecina irritada por la fiesta en la casa de enfrente, el dueño de un minimarket y un policía. Pero no son ellos los protagonistas, y ni siquiera lo es Billy.

La primera dificultad que enfrentaron durante el casting fue conseguir que uno de los actores adolescentes supiera manejar. Era un requisito indispensable. Hasta se plantearon si no debía manejar Billy. Eso facilitaría las cosas. Pero Billy sentado al volante alteraba la estructura y la idea de su divinidad. Dios conduciría el auto, Dios, entonces, manejaría el destino de los adolescentes. La metáfora mataría el libre albedrío. Además, técnicamente no encuadraba el volante sin ver que detrás de Billy no estaban los adolescentes. El vacío del auto también confirmaría el vacío de la fe. Cuando finalmente encontraron un actor que dijo saber manejar, lo sentaron frente al volante del Dodge verde a pesar de ser menor de edad y le pidieron que acelerara, tendría que llevarlos hasta las afueras de la ciudad, y más lejos también.

Uno de los chicos maneja el auto y da círculos en el cemento de un estacionamiento de supermercado abandonado. La inercia (el movimiento centrífugo) lleva a los tres adolescentes sentados atrás hacía la parte externa del auto. También Billy parece sufrir esa inercia, lo cual, a pesar del plano cerrado, nos confirma que está ahí. Siempre estará. Cuando se cansan, cuando el juego, como pasa entre los niños, deja de ser divertido por culpa de la repetición, salen del estacionamiento, toman la ruta y abandonan de la ciudad. Después de un viaje presumiblemente largo estacionan en una colina, with the headlights pointed at the dawn y, mientras los focos delanteros del auto apuntan hacia abajo, hacia el amanecer, pero también hacia la ciudad, hacia el valle de casas iguales, uno de los adolescentes se para y levanta el dedo medio e insulta a la ciudad, pero también a sus padres, a la vejez. Los otros aplauden. En el video el dedo aparece borrado, censurado por un Dios más grande que Billy. El Dios de la corrección. El Dios que escucha con una mueca burlona cuando Billy canta lo que sus adolescentes piensan: Estábamos seguros de que nunca veríamos el final de todo. We were sure we’d never see an end to it all. Y los están. Porque son jóvenes, porque son inmortales. Porque los espera la fiesta en una casa, una de esas fiestas que a las películas les encanta retratar pero que en los buscadores de Google miles de personas anónimas que viven en Estados Unidos juran y perjuran desconocer. En la fiesta hay una banda que toca en vivo. Hay gente por todos lados. Un niño de no más de 12 años aparece abriéndose paso entre otros con un vaso rojo de plástico lleno de alcohol y  sonríe a la cámara alcoholizado; mientras mueve su pelo rubio y largo anticipa el origen de otro producto comercial: la banda de los hermanos Hanson.

Billy es el guitarrista de la banda que toca dentro de la casa. Y todos los Pumpkins lo acompañan. Billy es desproporcionadamente alto y torpe, pero salta en medio de la multitud. Billy es Dios disfrutando el día previo al juicio final. Es la mano que abre la ducha para que se mojen dos que se besan en la bañera, es la mano que indica el paredón que hay que saltar para invadir la pileta del vecino, es la mano que tapa la cara de una chica y la empuja, es la mano que tira el primer rollo de papel higiénico que adornará un árbol convirtiéndolo en la envidia de cualquier árbol de navidad. Es la mano del riff, es la mano que mueve la cámara que todo lo mira.

Cuando termina la fiesta, cuando los adolescentes deciden terminarla, vuelven al auto, y en el auto está Billy. Es de noche y los acompaña como antes, pero algo cambió. Billy parece querer decirles algo. Ya no sonríe. Ya no está tan cómodo entre ellos como durante el día. Si conociera las palabras de Porchia, Billy les diría: La flor que tienes en tus manos ha nacido hoy y ya tiene tu edad. Pero de qué puede servirle a esos adolescentes saber que todo el tiempo confluye en un momento. Lo saben, acaso, pero no necesitan ponerle palabras. No todavía, porque la adolescencia no es momento de reflexión y sí de creación, aunque para crear primero haya que destruirlo todo.

To shake these zipper blues parece ser la oración que marca el llamado a la barbarie, por no decir masculinidad. Quizás, en este punto, algún escritor argentino y ciego volvería a maravillarse del idioma inglés que entre tanta conjunción y tantas simplificaciones también puede modificar una palabra española horrenda, como lo es cremallera, y convertirla en un sonido hermoso y sutil: zipper.

Los adolescentes quieren destruir uno de esos supermercados que están abiertos hasta tarde. Los chicos se bajan, uno queda de campana en la puerta y los otros dos entran. Las chicas se quedan en el auto. Ellas tienen que tener el auto encendido para escapar a tiempo. Billy parece estar con ellas. Cuando comienzan los destrozos adentro del supermercado, Billy parece decirles que aceleren, que dejen a los chicos atrás. La que conduce da marcha atrás y acelera el Dodge. Los chicos corren persiguiendo el auto, ponen sus caras y manos contra el vidrio de la conductora y tratan de detener el auto, pero no es posible. La chica acelera y se aleja. Billy le dice que no pare. Que la primera maldición de Dios fue hacer a la especie envejecer, las siguientes maldiciones casi que no tiene importancia. Y, envejecer, muchas veces es un alivio dice Billy desde el asiento de atrás del auto mientras vemos que los chicos quedan solos, corriendo en la calle, en medio de la noche, mientras las chicas aceleran y los dejan solos. As you see there´s no one around, les canta el Dios Billy a los adolescentes que acaban de entender que crecer es, sobre todas las cosas, quedarse solo.

Smashing Pumpkins – 1979 (Official Video)

Smashing Pumpkins – 1979 (Vaux Cover )